Una ciudad también se construye a partir de sus sabores, y la colonia Juárez muestra su faceta más pluricultural a través de una oferta gastronómica variada y, sobre todo, cada vez más internacional. Viamonte no es solo una apertura más, sino un rinconcito de tamaño pequeño pero personalidad grande que propone sembrar un pedazo de Buenos Aires en la CDMX a partir de una cocina que es sofisticada y reconfortante en la misma medida, una carta de vinos cuidadosamente curada, y mesitas a pie de calle donde los manteles blancos no son símbolo de estatus, sino de tradición.


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Un bodegón porteño en la Juárez
Los bodegones en Buenos Aires son tan fundamentales para alimentar a la población urbana como lo son las fondas en la CDMX. Así pues, suele imperar el ambiente familiar y desenfadado, y una cocina honesta que tiende más bien a los sabores caseros que se comparten alrededor de la mesa. La interpretación de Viamonte es un poco más refinada y contemporánea, y más que responder a la urgencia de la ciudad, invita a la sobremesa y al disfrute prolongado. Lo que sí conserva es ese instinto por lo auténtico y lo juguetón, lo que encuentra el gozo en lo cotidiano, en el humor sutil, en la elegancia del día a día.


El lugar es diminuto y, sin embargo, resulta imposible no verlo desde fuera. Parte del encanto que te atrapa desde la calle son las cuatro mesitas sobre la banqueta, que presumen simplemente un mantel blanco, una flor, y quizá un par de copas y una botella de agua de la casa. Sin embargo, esta simpleza es precisamente lo que resulta cautivador y casi te hipnotiza para que, por lo menos, te asomes al interior. Adentro, el espacio es igual de reducido, pero mientras detrás de la barra el movimiento no para, entre los comensales se siente ese ánimo por conversar, comer, disfrutar de una copa de vino. Dan ganas de estar ahí.

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Qué probar en Viamonte
La carta de Viamonte es reducida, pero reinterpreta no solo algunos de los platos más clásicos de la cocina porteña, sino también la identidad de la ciudad. Te recomendamos empezar con los fiambres, como la bresaola o la sobrasada mientras ves el menú y te dejas antojar. Entre las entradas, nosotras probamos los ostiones con chimichurri —que celebra la calidad de los mariscos de Ensenada—, la alcachofa a la parrilla con alioli y la fainá con crema de bottarga y pepino. Todos son una delicia, pero la fainá se lleva las palmas. Se trata de un plato originario de Italia, que nos recuerda también la herencia cultural de Argentina. Aquí, el juego de texturas es clave, pues la fainá está hecha con harina de garbanzo y es extra crujiente, mientras que el interior es más bien fresco y cremoso.

Los platos fuertes de Viamonte delatan enseguida el orgullo argentino. Ñoquis en salsa de provolone, arroz meloso con cangrejo y alioli, chorizo argentino con puré de papa, ojo de bife con espinacas y jus, y milanesa de ternera con chimichurri caliente. Nosotras probamos la milanesa: corte grueso, contundente, jugosa por dentro y crujiente por fuera, terminada con limón amarillo. En fin, un apapacho bien logrado, y más para los amantes de la carne.

La sobremesa imperdible en Viamonte
No está de más decirlo desde ahora: a Viamonte no se va con prisas. Primero, porque la preparación de los platos requiere su tiempo, y segundo, porque la sobremesa es inescapable. Para prolongarla, la selección de vinos —brillan los argentinos, pero hay de distintas latitudes— demuestra una curaduría minuciosa. Nosotras probamos un Kung Fu, una etiqueta de vino naranja producido en Mendoza que va de maravilla tanto con la comida como a solas.

Pero el broche de oro sí o sí es la chocotorta. Este clásico porteño es puro antojo, y en Viamonte no descuidan uno solo de sus elementos: galleta con café, salsa de dulce de leche y chocolate semiamargo. Se monta una capa sobre otra, se baña en esa salsa pecaminosa, y se sirve con una presentación coqueta y fotogénica. Obviamente, este postre se acompaña sí o sí con un café. Cuando menos te das cuenta, ya sientes que pasaste la tarde completa en Buenos Aires.

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