De las veces que más feliz me he sentido de ser mexicana es pintando una mojiganga. Pensé: qué recuerdo tan lindo me voy a llevar a casa. No es como pintar un cuadro, porque aquí no hay un paisaje ni una imagen que reproducir. Lo que tenía enfrente era una especie de mini humanito de cartón al que podía vestir, pintar y llenar de colores como quisiera. Además, estaba en el hermoso taller de La Casa de las Mojigangas, uno de los más representativos de San Miguel de Allende. Recuerdo estar en la mesa del patio, con pinceles y pinturas por todos lados, intentando decidir qué colores quería para la mía, mientras las enormes mojigangas vestidas con trajes típicos me rodeaban desde las esquinas del taller. Una experiencia que definitivamente no olvidaré y que me hizo jugar por un día a ser artesana.


Mojigangas: las enormes figuras que dan vida y color a San Miguel de Allende
Pero antes de entrar en detalles, quizá como yo al principio, no sepas muy bien qué son las mojigangas. Son enormes figuras de cartonería que forman parte de las fiestas patronales, ferias y celebraciones tradicionales de algunos pueblos de México. En San Miguel de Allende se han convertido en todo un símbolo de identidad. Son, literalmente, esculturas andantes: una persona se mete en su interior y las hace bailar al ritmo de la música para animar las celebraciones. Lo que me pareció más interesante al conocer su historia es que, aunque hoy las sentimos muy mexicanas, su origen viene de España, donde formaban parte de las fiestas del Corpus Christi. Los franciscanos las trajeron a México y con el tiempo las comunidades las hicieron suyas. Durante el Virreinato se utilizaban para parodiar a autoridades, hacendados y otras figuras de poder. Hoy representan personajes del pueblo, novios en bodas tradicionales, animales, diablos y personajes de la cultura popular mexicana.


Entré a uno de los talleres de mojigangas más bonitos de San Miguel
El lugar donde aprendí mucho sobre ellas fue La Casa de las Mojigangas, en el centro de San Miguel de Allende. Un precioso espacio creativo del maestro artesano Hermes Arroyo y su familia. A él se le atribuye haber perfeccionado la técnica de la cartonería y llevado los rostros de las mojigangas a un nivel de detalle y expresividad muy particular. Al entrar, entendí por qué es uno de los talleres más representativos de esta ciudad: es una especie de residencia-taller donde conviven obras terminadas, bocetos, moldes, estructuras de carrizo y piezas que todavía están en proceso de secado o pintura. Aquí crean mojigangas de entre dos y cuatro metros de altura que después salen a desfilar en fiestas patronales, callejoneadas y festivales de San Miguel. También puedes rentarlas para distintas celebraciones, desde $1,300 hasta $2,000, o pedir una pieza personalizada, cuyo precio va aproximadamente de $9,000 a $13,000, dependiendo del tamaño y diseño.


Así fue hacer mi propia mojiganga
Además de maravillarme con todas las figuras del lugar, me quedé a tomar un taller de mojiganga. Los artesanos que lo imparten son tan amables que entre pinceles y cartón terminé aprendiendo muchísimo: me contaron sobre su historia, cómo las hacen, cuánto tardan y hasta me dejaron cargar una de tamaño real. Fun fact: pueden pesar entre 20 y 30 kilos, así que cargar una y hacerla bailar no es cualquier cosa. Para el taller me dieron la base de la mojiganga, con el cuerpito ya listo para pintar, y podía elegir entre hombre o mujer. Yo elegí un hombrecito y decidí convertirlo en un personaje de pueblo, con sombrero y rebozo. Los artesanos me ayudaron con los ojos y la sonrisa —porque eso definitivamente no me habría quedado igual de bien— y después me dejaron jugar con los colores a mi gusto. Fueron cerca de dos horas de pintar, aprender y disfrutar con tranquilidad. El taller cuesta $1,500 por persona y, si vas en un grupo grande, puedes acordar otro precio. Al final, además de llevarme mi propia mojiganga a casa, me llevé uno de los mejores recuerdos de México.
Dirección: San Francisco 62, Zona Centro, San Miguel de Allende, Gto.



