En una ciudad donde tantos restaurantes cierran cada mes, da gusto reencontrarse con lugares que no solo se mantienen, sino que se expanden para poder recibir a una comunidad leal que sigue creciendo. Nosotras conocimos Trattoria Grata en Polanco en 2023, y desde entonces nos convertimos en clientes frecuentes por varios motivos. En primer lugar, sus pizzas de masa madre y su panna cotta de maracuyá. En segundo lugar, el servicio atento y cercano que siempre nos hace sentir como en casa. Y tercero, los precios accesibles para la zona, que permiten tener una cena casual sin sacrificar la cartera. Evidentemente no fuimos las únicas que quedaron flechadas, pues hace unas semanas se mudaron a un local sobre la misma calle —Euler— pero el doble de grande. Ya fuimos y podemos confirmarlo: el interiorismo evolucionó a un concepto más sofisticado, pero la calidez y la calidad siguen siendo las mismas.


Pizzas de masa madre y pastas artesanales: el corazón de Trattoria Grata
Desde el inicio, las pizzas de masa madre y las pastas artesanales han sido el corazón de Trattoria Grata. De hecho, su masa madre —a la cual bautizaron como ‘Catalina’, de cariño— es incluso más antigua que el restaurante. Esto no solo afecta el sabor, que tiene esa acidez sutil y una textura crujiente en las orillas muy característica, sino también cómo te sientes al final de la cena: satisfecha pero ligera. Por otro lado, las pastas frescas también eran una especialidad, con salsas generosas y llenas de sabor, como el pesto y la arrabiata nostro.

Sin embargo, es importante mencionar que el cambio de local sí trajo cambios en la cocina. El primero es el horno, pues si bien antes trabajaban con el clásico horno de leña, aquí optaron por ser respetuosos con los vecinos y utilizar un horno eléctrico. También cambiaron ligeramente la receta: antes la pizza era más bien estilo napolitano, con el centro suave, mientras que ahora optaron por una cocción más prolongada que le da más firmeza a la masa. Por otro lado, al tener más espacio, ahora pueden ser más creativos con las variedades de pastas que ofrecen. Ya no solo son pastas planas, también preparan fusilli, reginette y bucatini, además del clásico fettuccini.

Los nuevos del menú
Por supuesto, la expansión de Trattoria Grata no se limitó al espacio, también la carta creció. Empezamos con una ceniza de berenjena. Esta ya estaba en el menú, pero queríamos confirmar que conservara esa textura tersa y sabor profundo y ahumado que la caracteriza. Seguimos con el carpaccio de atún, un plato nuevo que se prepara con kosho de cuaresmeño rojo, berros y un toque de limón Eureka. Es difícil describir lo que sucede en el paladar con este: es fresco, pero también reconfortante, con un toque cítrico que brilla con la presencia del cuaresmeño.


Por supuesto, también pedimos una pizza para descubrir los efectos del cambio de horno. Probamos la Margherita —si quieres descubrir la calidad de una pizzería, es mejor optar por la opción más básica—, y aunque el sabor fue el mismo que nos enamoró desde el primer día, la textura sí cambió un poco. Nos comentaron que esto se debía a una petición común entre los comensales: pizzas más firmes y fáciles de comer con la mano.

Como plato fuerte, nos recomendaron la milanesa de pollo. Se trata de un plato nuevo que se inspira en las tendencias en redes sociales: un plato monchoso, que se termina en la mesa y se luce en las fotos. Sobre la milanesa crujiente se vierte una cantidad generosa de fonduta de queso mozzarella —no te dejes intimidar, el sabor es más suave de lo que esperábamos— y se termina con tomates cherry con pesto y un toque de limón Eureka para balancear el queso.

El final que te hace querer volver
Como ya mencionamos, la panna cotta de Trattoria Grata era uno de los motivos por los que volvíamos una y otra vez. Es suave, cremosa, indulgente, bañada en compota de fruta de temporada —la de maracuyá es recurrente—. La pedimos de nuevo: nos obsesionamos de nuevo. Sin embargo, nos recomendaron probar también el flan de ricotta, un postre nuevo que combina la nostalgia del clásico ‘de la abuela’ con un giro más fresco. Se trata de un flan napolitano de queso ricotta, con vainilla natural, tuile de amaranto y durazno caramelizado. La textura es precisa: firme pero cremoso, dulce sin llegar a empalagar, y para nada pesado incluso si quedaste más que satisfecho de la comida.


