Si no eras rico no los probabas: los dulces de $10 pesos que antes eran solo para la aristocracia de Puebla

En la Puebla colonial del siglo XVII existía una economía paralela donde no se pagaba con monedas, sino con ingredientes caros. Las familias aristocráticas –aquellas que tenían casonas con patios de talavera y escudos de armas en las puertas– donaban azúcar de caña, harina blanca de Castilla, huevos frescos y frutas a los conventos. A cambio, las monjas de Santa Clara les devolvían dulces tan elaborados que tardaban días en prepararse.

Plato con surtido de dulces típicos poblanos: camotes, tortitas de Santa Clara, palanquetas, jamoncillos y dulces de pepita, Puebla, México.
Más de 300 dulces típicos poblanos que nacieron en conventos coloniales y hoy se venden en la Calle de los Dulces de Puebla. Foto: Cortesía

Pero no eran dulces mexicanos para cualquiera. Eran obsequios devocionales y de prestigio social. Tener una caja de tortitas de Santa Clara en tu mesa significaba que tu familia sostenía económicamente a la iglesia y tenía cercanía con las monjas más refinadas de la ciudad. El resto de la población, como artesanos, comerciantes y trabajadores, solo los veía pasar envueltos en papel de china rumbo a las casonas. No sabían a qué sabían.

Dulces típicos poblanos borrachitos de colores en plato de madera con textil mexicano de fondo, Puebla, México
Los borrachitos nacieron cuando una novicia improvisó un dulce. Foto: Cortesía

Los benefactores eran los únicos que los probaban

El sistema era claro: solo los benefactores de la iglesia recibían estos dulces. Las familias de dinero que donaban dinero y recursos eran las únicas con acceso a las recetas conventuales. Los borrachitos son el ejemplo perfecto. Nacieron en el Convento de Santa Rosa como un bizcocho bañado en almíbar, licor y ron mezclado con leche. Solo los degustaban los benefactores de la iglesia como agradecimiento por sus donaciones.

Camotes poblanos en plato de barro sobre mesa de madera, dulces típicos de Puebla, México
Camotes. El dulce que las monjas del convento hacían para la aristocracia poblana en el siglo XVII. Foto: Cortesía

La receta era tan exclusiva que hasta hace unos años nadie fuera de esos círculos sabía exactamente qué llevaban.
Las monjas improvisaban para impresionar a obispos y familias nobles. La leyenda del camote poblano lo deja clarísimo: cuando el obispo Manuel Fernández de Santa Cruz iba a visitar el Convento de Santa Clara, las monjas compraron camotes porque eran lo más barato que había. Una novicia llamada Angelina coció los camotes, los mezcló con azúcar y cascarillas de limón, les dio forma de cilindros y los envolvió en papel de china. El obispo quedó fascinado y pidió más.

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Si tenías esos dulces en casa, quería decir que tenías dinero

Así nacieron los camotes de Santa Clara. No para la gente común. Para un obispo. Para la élite religiosa y las familias que podían permitirse esos lujos. En las fiestas de la aristocracia poblana, donde se bailaba vals y minué, se servía chocolate en tazas de porcelana y estos dulces eran parte del espectáculo. Las familias nobles los exhibían como muestra de su cercanía con la iglesia y su capacidad de donar ingredientes caros. De igual manera, las tortitas de Santa Clara, que una monja creó combinando dulce de pepita con una galleta porque necesitaba un postre nuevo, terminaron siendo símbolo de distinción social.

Tortitas de Santa Clara con glaseado de pepita servidas en plato de talavera poblana sobre tapete de encaje, dulce típico de Puebla, México.
Tortitas de Santa Clara: el dulce más vendido de Puebla que una monja creó en el convento combinando pepita con galleta. Foto: Cortesía

El día que la aristocracia perdió la exclusividad

Con el tiempo, las recetas empezaron a filtrarse. Las personas que servían en las casas aristocráticas las aprendieron de las señoras que las preparaban siguiendo las técnicas conventuales. De ahí pasaron a cocinas más humildes. Para el siglo XIX, las familias poblanas que no eran de la aristocracia ya preparaban versiones de estos dulces en sus hogares. Hace 150 años, Victoria Ortiz fundó La Gran Fama: la primera tienda que vendió estos dulces al público. Ya no necesitabas donar kilos de azúcar a un convento. Solo necesitabas caminar a su tienda y comprarlos. Así nació la democratización de los dulces aristocráticos.

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Hoy los compras en la calle por $10 pesos

La calle donde estaba el Convento de Santa Clara, que antes se llamaba ‘Calle de la Portería de Santa Clara’, hoy es la 6 Oriente entre 2 y 4. La conocen como la Calle de los Dulces. Ahí están las decenas de locales que venden tortitas de Santa Clara, camotes envueltos en papel encerado, borrachitos, muéganos, jamoncillos, cocadas. Los precios van de $4 a $10 pesos por pieza. O entre $20 y $70 pesos por caja.

Los turistas llegan en temporada vacacional y gastan entre $800 y $2,000 pesos llevándose cajas para compartir. Lo que antes solo probaban las familias que sostenían conventos y tenían escudos de armas en sus puertas, ahora lo compra cualquier persona que camine por el Centro Histórico.

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