Hoy por hoy, el tequila no solo es una de las bebidas más populares en México, sino que además es uno de nuestros representantes a nivel internacional. Pero más allá de su popular consumo, este destilado nos habla de la identidad nacional y la historia de nuestro país. Mientras que la mayoría de las marcas basan la diversidad de sus catálogos a partir de los cinco tipos principales de tequila —blanco, joven, reposado, añejo y extra añejo, Tequila Clase 33 presenta cuatro botellas de tequila blanco: Conquista, Independencia, Revolución y Democracia. Lo que las hace distintas, es que cada una de ellas se elabora bajo procesos de producción históricos. Así, cada botella cuenta su propia historia y nos recuerda que el tequila no siempre ha sido igual.


Un recorrido por la historia del agave
Tequila Clase 33 es una marca 100% mexicana que convierte cada trago en una clase de historia. Detrás de cada proceso hay una ardua investigación histórica que no solo determina los métodos con los que preparan cada etiqueta, sino que también contextualiza cada botella en un momento histórico preciso. Curiosamente, la historia del tequila empieza antes del tequila. Y es que aunque el destilado de tequila como tal nació tras la conquista, e incluso el nombre ‘tequila’ no se acuñó sino hasta el siglo XIX, ya desde la época prehispánica los pueblos mesoamericanos cocinaban, fermentaban y utilizaban el agave con fines gastronómicos, medicinales y rituales. Así como México se ha transformado a lo largo de todos estos siglos, el tequila también ha ido evolucionando en su forma de producción, sus sabores e incluso lo que representa a nivel cultural.

Cuatro botellas, cinco siglos de tequila
Actualmente, el catálogo de Tequila Clase 33 consta de cuatro botellas: Conquista, Independencia, Revolución y Democracia. Por supuesto, cada una hace referencia a un periodo histórico de nuestro país. Vale la pena destacar que aunque todos son tequilas blancos, el perfil cambia mucho de una etiqueta a otra. Y no, no usan ningún tipo de aditivos: la diferencia deriva de los distintos métodos de producción detrás de cada botella, los cuales reflejan los materiales y tecnologías propios de cada etapa histórica. Así, el objetivo es probar el sabor del agave y notar cómo al cambiar el proceso de elaboración, cambia la experiencia sensorial. Aunque este tequila por sí mismo ya vale mucho la pena, te recomendamos probar las catas históricas que organiza Tequila Clase 33 en la CDMX.

Conquista: el nacimiento del destilado de agave
Hablemos de cada una de las botellas de Tequila Clase 33. La primera es Conquista, en cuya etiqueta no dice tequila, sino ‘Destilado de agave’, pues además de que la producción se lleva a cabo en Michoacán, el término tequila no se utilizó sino hasta el siglo XIX. Con la llegada de los españoles a América en el siglo XVI, los europeos introdujeron nuevas técnicas de destilación traídas del ‘viejo continente’ que, al encontrarse con las tradiciones mesoamericanas del agave, darían pie al destilado de agave. En aquel momento, llegaron a México dos tipos de alambiques: los alambiques árabes, que llegaban a las costas del Golfo de México, y los alambiques filipinos, que llegaban por el Pacífico.

Clase 33 Conquista se prepara en hornos de pozo, se machaca manualmente con palas y utiliza levadura silvestre y alambiques filipinos para su fermentación y destilación. Asimismo, vale la pena destacar que, durante el virreinato, la producción de tequila se llevó a cabo de manera clandestina. Por ello, el acabado de la botella de Clase 33 Conquista hace alusión al lodo con el que se cubrían las botellas para esconderlas de las autoridades españolas.

Independencia: el auge de Tequila, Jalisco
Con la independencia de México, quedan atrás las prohibiciones del virreinato. Así, la producción del tequila se extiende y es posible empezar a innovar. Los alambiques de cobre reemplazan a los filipinos, y la popularización de las haciendas tequileras alrededor del Volcán de Tequila —tanto en Los Altos como en el valle— es tal, que hacia finales del siglo XIX comienza a llamarse ‘tequila’ al destilado de agave producido con agave azul en esta región. Se dice que el primero en impulsar esta nueva denominación fue don Cenobio Sauza, fundador de Casa Sauza, la cual todavía está activa y se puede visitar en el Pueblo Mágico de Tequila, en Jalisco.

A partir de Independencia, la producción de Tequila Clase 33 se lleva a cabo en la ciudad de Arandas, en Los Altos de Jalisco. Para la elaboración de esta etiqueta, se utilizan hornos de mampostería, el agave se tritura con tahona —una enorme piedra circular que conserva la esencia artesanal—, se fermenta con levadura silvestre y se destila en alambiques de cobre. Por su parte, la botella hace referencia al color terracota de la tierra rica en hierro de Los Altos de Jalisco.

Revolución: la llegada de la modernidad
Cien años después de la independencia, México vive otro momento histórico que cambiaría el rumbo del país. Por un lado, a inicios del siglo XX comenzaron a desarrollarse grandes avances tecnológicos que impactaron la producción de tequila. Pero por otro, este periodo de inestabilidad política y social hizo necesario adaptarse al contexto para bajar los costos de producción. Fue en este momento cuando apareció el acero inoxidable y transformó la industria. Se impulsó el uso de nuevas herramientas: vapor, autoclaves, molinos de rodillos, fermentaciones controladas y alambiques de acero inoxidable. Todos estos están presentes en la elaboración de Tequila Clase 33 Revolución en su planta en Arandas, Jalisco. Por su parte, la botella con tonalidades verdes es un guiño a las impurezas del vidrio en esa época, que no obstante ya nos encamina hacia la modernidad.

Democracia: la herencia de más de medio milenio de tradición
Finalmente, la etiqueta Democracia de Clase 33 nos sitúa en el momento más actual de la producción de tequila en México. Sin perder de vista los métodos tradicionales, se incorporan nuevas tecnologías para modernizar los procesos. Para preparar Democracia, se utiliza un difusor que desgarra el agave y saca los azúcares con agua a presión, minimizando el desperdicio. Encontramos tanques hidrolizadores, levaduras y nutrientes controlados, hasta llegar a las columnas de destilación donde culmina el proceso. La botella de cristal transparente es más minimalista y contemporánea, pero no pierde de vista los cinco siglos de historia que sostienen esta tradición tequilera.

