La música es todo. Desde la invención de los reproductores portátiles, esta se ha convertido en una parte indispensable de nuestras vidas. No podemos ni sabemos concebir una vida sin un acompañamiento musical que le dé sentido a nuestras pérdidas, a nuestro dolor y a nuestras victorias. Cuando salimos a la calle, nuestros audífonos se esfuerzan por ahogar el ruido del mundo que nos rodea, incluso si eso implica ahogar nuestros propios pensamientos en el proceso. La música es toda nuestra vida, es todo lo que somos y desde donde nos reconocemos como humanos. Pero, ¿realmente nos sumergimos en la música que escuchamos? ¿O tan sólo se ha convertido en una excusa para escondernos de los demás y de nosotros mismos?

La música como experiencia sensorial
Sona es un proyecto que nace precisamente de este cuestionamiento. Se pregunta si nuestra realidad frenética y acelerada nos permite adentrarnos en los matices y detalles de las melodías y los ritmos que componen una canción y un álbum. Fundado por un grupo de amigos, este espacio está dedicado a la apreciación profunda de la música y el sonido. El concepto de Sona está inspirado en bares japoneses de apreciación del jazz de los años 20 —“jazz kissas”. En aquellos bares, el jazz era reproducido para una escucha dedicada, en lugar de sólo funcionar como música de fondo. Este espacio tiene la intención de que, como en los jazz kissas, la música no sólo sea el centro de la experiencia, sino que sea la experiencia en sí misma.

El sonido y el espacio
Como en una galería de arte, el espacio se diseña para la escucha profunda y activa, dejando de lado las pantallas y los distractores y priorizando la acústica y una construcción que se sienta orgánica y natural. Sin embargo, esto no busca la relajación total, sino que quienes son parte de la audiencia puedan estar presentes y atentos a la música que se reproduce.

El espacio es minimalista, tranquilo. Las habitaciones nos invitan al silencio y a prestar atención a nuestro alrededor. Los sistemas de sonido, una mezcla entre lo digital y lo analógico, construyen una atmósfera que se expande en el silencio de la sala. Así, no importa dónde nos encontremos parados, la experiencia musical es completa y redonda. Al inicio, un té caliente nos espera listo para ayudarnos a soltar el mundo. Luego, el silencio. Y para llenar ese nuevo espacio en blanco de nuestras vidas, la música. Es en ese momento en el que escuchar música deja de ser un acto de huida y se convierte en un momento sumamente vulnerable de conexión con otros y con nosotros mismos. Y lo más importante, estamos presentes con la música y la música con nosotros.

Sona Space es un proyecto en el que la música se venera como el arte que es. El vínculo que formamos con ella, así como el vínculo que irremediablemente formamos con otros cuando compartimos ese momento con ella, es sagrado. Ya sea escuchar un álbum completo por primera o vigésima vez, la experiencia es única y el asombro que nos deja es irrepetible. Por un rato,
