La cocina mexicana ha sido honrada y celebrada en muchos lugares y muchos momentos. En cada platillo y en cada intento por enaltecer la comida mexicana nace una nueva forma de mirar los sabores de nuestro país. Hay también raras oportunidades en donde se forma una coyuntura entre la gastronomía de México y el enfoque de ciertos espacios alrededor del mundo, y es importante aprovecharlas y hacer lo mejor de ellas. Eso hace la Finca Ana María al colaborar con el chef veracruzano Lucho Martínez este verano en el Marbella Club.

Un hotel de bienestar natural
Marbella Club es un hotel español donde la artesanía local, rincones llenos de historia y jardines mágicos se reúnen en un pequeño paraíso acogedor. Fundado por el príncipe Alfonso von Hohenlohe en 1954, este lugar comenzó como un pequeño motel inspirado en la estética californiana. Con el tiempo, el hotel ha crecido hasta convertirse en un reflejo del estilo de vida andaluz, con 115 habitaciones y suites, 15 villas y 10 restaurantes y bares. Así, Marbella ofrece una variedad de experiencias enfocadas al bienestar, como el Spa Thalasso frente al mar, el Estudio Holístico o una gran extensión de jardines. Este es un espacio ideal para fluir y disfrutar los placeres más sencillos a orillas del Mediterráneo.


Lucho Martínez en la Finca Ana María
Una de las extensiones de Marbella Club es la Finca Ana María, inaugurada para el 70 aniversario del hotel. Los diez jardines que constituyen este proyecto están diseñados para encarnar los pilares de la institución francesa: Arte, Naturaleza y Educación. De esta manera, la finca busca que sus huéspedes conecten con la naturaleza a través de la cultura y la gastronomía. Así, la Finca Ana María es un lugar ideal para una colaboración con el chef Lucho Martínez y su visión.

Un jardín de sabores
La colaboración entre Marbella Club y Lucho Martínez nace no sólo de afinidad similar al producto fresco y a la hospitalidad, sino también de una afinidad por una gastronomía profundamente ligada al mar y a los cultivos. De esta forma, la propuesta culinaria incluye una selección precisa de ingredientes de temporada de los cultivos de la finca. El menú de degustación cerrado de cuatro o seis pases cambia a diario y se diseña junto al chef. Esto permite que cada visita sea un descubrimiento de interpretaciones nuevas de la cocina del chef veracruzano.

En cada platillo, que incluye tiradito de atún de almadraba, tamal de elote con caviar y tarta de queso con vainilla de Chichicaxtle, el chef inyecta su visión desenfadada de un espacio de convivencia y cocina marina en un proyecto natural y cultural como lo es la finca. Más que una colaboración, este proyecto efímero celebra una forma compartida de entender la cocina: aquella que comienza en la tierra, evoluciona con las estaciones y encuentra en el producto la mejor manera de expresar un territorio.

